jueves, 23 de febrero de 2012

Con las diéresis sobre el sarcasmo

Uno le pone sátira a la política y el otro al día a día. Ambos son agencias creativas que miran hacia la estética y el humor extranjeros para criollizarlos y huirle al chiste fácil. Para ellos no hay noticia o producto aburrido, sino mal presentado

Joanny Oviedo

El Chigüire Bipolar:
Nada que ver con límites

Oswaldo Graziani y Jesús "Chucho" Roldán.
Crédito: Luis Toro.
Una desilusión “laborosa” fue lo que accionó el sarcasmo contenido en Juan Andrés Ravell y Oswaldo Graziani. En 2005, habían renunciado al canal Sony para abrir la agencia creativa Plop y así poder escribir, como outsourcing de la televisora, los guiones de “Nada que ver”, serie animada que se burlaba de lo absurdo de la política en el continente americano. Pero en 2008 el programa se canceló, por el escozor que había generado una broma en Chile, y los comunicadores habían quedado sin trabajo.

–Estábamos creativamente frustrados y dijimos “me gustaría hacer algo tipo ‘Nada que ver’, pero de humor político para Venezuela, en el que aparte de Chávez, pudiéramos hacer referencia a Coquito, Ledezma, a personajes locales” y entonces salimos con nuestro blogcito de noticias falsas. Recuerdo que el primer post fue lo que había en la computadora de Raúl Reyes: su récord en Buscaminas y esas vainas”, dice Graziani sonreído.

Sus inspiraciones: la página estadounidense The Onion, el humorista caraqueño Otrova Gomas, y los programas The Daily Show y The Colbert Report.

¿Y yo?

El Chigüire Bipolar se convirtió en un boom de humor político en el país, con 40.000 visitas diarias, más de 400.000 seguidores en Twitter y unos tantos detractores, entre otras cosas porque Juan Andrés es hijo de Alberto Federico Ravell, ex director de Globovisión. ¿Qué hace para deslindarse de su papá? “Nada. Para así no echarle más leña al fuego. El otro día nos metimos con Mario Silva y en su programa dirigió todos los insultos hacia ‘el hijo de Ravell’, y yo picado como ‘insúltame a mí también, soy hijo de Graziani’. Él ni se preocupó por saber que hay más gente detrás de esto”, dice Oswaldo relajado. “Si supieran que al papá de Juan Andrés no le gusta que nos metamos con la oposición, pero nosotros tenemos independencia”.

Aparte de Ravell, de 32 años, y Graziani, de 29, jefes editoriales de la página, El Chigüire está compuesto por el comunicador Elio Casales –de 34 años, a quien conocieron en Sony–, el comediante y arquitecto Led Varela, de 26, y Jesús Roldán, de 23, publicista y coordinador creativo de la página.

Como Elio vive fuera del país y Led está en otros proyectos, hacen las tormentas de ideas a través de correos en los que uno propone “pasó esto en el país, ¿qué hacemos?”, y todos dan su punto de vista. “A pesar de que uno termina viendo algo súper cómico, todas las conversaciones de El Chigüire empiezan con algo serio. Tratamos de buscar un ángulo creativo que ponga a la gente a pensar”.

Flotandito
“Isla Presidencial” –episodios animados en los que 12 mandatarios naufragan en un viaje en yate del ex Jefe de Estado de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva– es uno de los orgullos de El Chigüire, pues es la oportunidad de mostrar contenido político audiovisual “sin que un gerente dijera ‘quita esto, va a causar controversia’”.

Desde 2010 tiene tal recibimiento que hasta sus protagonistas siguen las entregas. Pasó con el presidente Chávez, que en cadena nacional con su homólogo de Bolivia, Evo Morales, comentó la serie. Oswaldo lo recuerda contento y se atreve a imitar el momento: “‘Evo, ¿no has visto que tienen una comiquita de nosotros? Salimos pescando y yo lo que hago es cantar y hablar. Yo gozo un puyero, nos hacen la voz igualita’, decía”, y ante eso se pregunta: “Si Chávez se lo tripea, ¿cuál es la excusa de los anunciantes para no invertir en Isla? Y lo mismo con El Chigüire”.

–¿No le ven el queso a la tostada?
–No [risas]. Con Plop tenemos marcas importantes como Diablitos, Movistar, PepsiCo, Tu Descuentón, Fru-fru y otras, que es lo que nos financia. El Chigüire no es rentable en sí mismo. ¿La razón? La política. Nuestro objetivo con la página no es económico, sino estratégico: es un laboratorio para probar contenido, técnicas de redes sociales y tener una audiencia cautiva.

–¿Con Isla pasa igual?
–A mucha gente le parece suave con Chávez o con Uribe, pero esa es la idea, que nos metamos con todos por igual. Isla tiene más de 13 millones de visitas, que es récord en América Latina, pero carga las consecuencias de hacerlo independiente.

–¿Y cuánto cuesta hacer un episodio?
–Pararrayos, la empresa que hace los audios, no nos cobra; Emilio Lovera, tampoco; pero la animación, que la hacen en Argentina los mismos de “Nada que ver”, requiere muchas horas-hombre y la pagamos: tres minutos de Isla son tres meses de trabajo y cuesta unos 10.000 dólares. Ya vamos a lanzar el sexto episodio, que probablemente sea el último justamente por eso.

Güatafoc:
Guerrilla universitaria

De izquierda a derecha: Iván, Pavlo y Diego.
Crédito: Andrés Moncada.
Nadie entendía lo que pasaba. Las paredes de la Ucab habían amanecido tapizadas con afiches de Tom Selleck y la frase “Admítelo, quieres un bigote como este”, mientras que entre los papelitos arrancables que ofrecían cursos de Photoshop y formas fáciles de ganar dinero, se habían colado otros iguales, pero distintos: “Se regalan papelitos gratis”, decían, y el resto de la página estaba en blanco. Algunos incluso recibieron de vuelto un billete con una Manuelita Sáenz bigotuda: un mostacho gordito y largo la había masculinizado. Las acciones tenían una firma desconocida: @Guatafoc. La gente empezó a preguntarse en Twitter “¿Qué carrizo es esto?”.

–Me fastidiaba ver los mismos afiches de “doy clases de no sé qué vaina” y que todo era muy cuadrado: vas pa’ clase, te vas de clase. Entonces le pedí a mi papá, que tiene imprentas digitales y litografías, “oye, imprímeme 200 afiches de esta broma”, y Diego (Celi) y yo arrancamos a hacer “guerrilla” en la universidad– cuenta Iván Almaral, con su mejor voz de cool-intelectual.

Se cambió de Sociología en la Ucab a Estudios Liberales en la Unimet, y su amigo Diego, a Comunicación Social en la UMA, y a pesar de la distancia, ambos -de 22 años- decidieron abrir juntos un blog en el que su sarcasmo encontrara una válvula de escape. Pavlo Castillo, veinteañero y futuro comunicador de la UMA, se uniría más tarde.

Ha pasado apemas un año y ya Güatafoc tiene página Web, más de 8.000 seguidores en Twitter y es, además, una agencia creativa que aún sin oficina ha logrado atraer clientes medianos y grandes que buscan una publicidad arriesgada, minimalista y picantosa: han trabajado con Durex y FM Center; La Mega Estación, donde tienen una sección en el programa “2 horas de música Mega” de Francisco Granados; y con Wall Street Institute, al que le recientemente le hicieron una trilogía de comerciales.

Juntos y resueltos


Evaden la “publicidad estéril y trillada” y se esfuerzan por esquivar el acontecer nacional, aunque de vez en cuando dejen colar una que otra broma política, como una imagen que publicaron tras el sepelio de Carlos Andrés Pérez en la que el ex dirigente aparece saltando charlos en el 78 y lleva al lado el logo de Nike con la leyenda “CAP/ Air. Just do it”. Iván explica: “Probablemente estemos viviendo una de las peores épocas del país, pero queremos crear un espacio donde eso no importe, y traer el humor de vanguardia europea y norteamericano a referencias nacionales, porque no puede ser que cualquier movimiento creativo tenga que bajar su nivel para que lo entienda todo el mundo. Eso de que el venezolano es inculto es falso”.

Diego es el relacionista público; Iván, el más diestro en Photoshop; y Pavlo, el creador de las listas de canciones que cuelgan en su página y comparten por Lastfm. Son tres personalidades distintas de acuerdo en tres cosas: que se niegan a usar flux, prefieren las reuniones informales a las de mesas de oficina y sus horarios de trabajo van “desde que salen de clases” hasta que “entran a clases otra vez”: “La idea es no cerrar la llave (de la creatividad) en ningún momento del día. Mi novia se molesta y la de Pavlo también, pero eso hace que no te conformes con lo primero que te viene a la mente”, dice Iván.

En la Web, donde colocan contenido propio, resuelven con lo que saben de diseño, pero con sus clientes prefieren hacer el copy (la idea) y buscar quién lo haga bien y como quieren. ¿Y cuál es la meta de Güatafoc? “Nooo, pensar eso va 100% en contra de nuestra filosofía”, a lo que Diego suelta orgulloso: “Esto es de lo que vamos a vivir”.

Sólo un bigote

En noviembre del año pasado, Plop lanzó la página Web “El Mostacho”, “un Chigüire no político, en el que hablamos de JLo, Alicia Machado, etcétera, y para el que ya hay anunciantes en fila levantando la mano”, asegura Oswaldo Graziani. Por la referencia al bigote, idea que afirma venían cocinando hace años, decidieron comunicarles sus planes a Güatafoc. La respuesta de Iván Almaral: “Su proyecto no interfiere con lo que nosotros hacemos y ya pensábamos abandonar el bigote con el que habíamos salido”. Es por eso que días antes del lanzamiento oficial de “El Mostacho”, la agencia creativa Güatafoc publicó en la Web “Un pelo”, cortometraje en el que con gracia se desprendieron de su mostacho original justificando que “a veces un bigote es sólo un bigote”.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Chataing sueña con ser Renny

Si le permiten, a Luis Chataing no lo para nadie. Como si un tsunami creativo le hubiera tocado en suerte aquel año del terremoto caraqueño que lo vio nacer, el locutor de radio, humorista de salón, conductor de TV, y ahora  también hombre de teatro, es el vívido ejemplo de una generación que se empoderó de los medios de comunicación sin sustos tecnológicos. ¿Cómo ha conseguido vivir al borde del éxito? Quizás porque le angustia “quedarse en la nota” y repetirse a sí mismo, como dice, o acaso sea Renny Ottolina lo que lo impulsa

Joanny Oviedo

Luis Chataing pone la sexta taza grande de café negro sin azúcar en la mesa. Ya está vacía. Eso, mientras despide De nuevo en la mañana, el programa de radio que hace todos los días de 6:00 am a 9:00 am por La Mega 107.3 FM. Más tarde, en su casa, adonde generalmente se devuelve a arreglarse con más calma, lo esperan otros dos negros cortos para ayudarlo a aguantar la agenda de actividades que él mismo se ha impuesto y que lo mantiene vivo: además de la radio, escribe su columna “Así lo veo” para el diario El Nacional; los miércoles y jueves en la noche, presenta su segundo monólogo “Si me permiten”, en el Teatro Luisela Díaz de Caracas, y los fines de semana se lo lleva al interior.

Y allí, sobre las tablas, el humor hace todo tipo de catarsis, aún política. “Yo me he dedicado al humor político como válvula de escape. Muchas veces la gente no quiere ni leer los periódicos porque está hasta aquí (se lleva la mano a la frente), entonces uno absorbe esa noticia, la transforma a través del humor y, por un lado, cumple la función de informar, pero por el otro busca que la gente no perciba la realidad como una guachafita. Al final, uno queda agotado en el medio de esas dos cosas”, explica el humorista de 44 años, recién cumplidos.

Admiración que motiva

Su ideal es ser una versión moderna del fallecido narrador, animador y político Renny Ottolina. Era seguidor de sus programas, y pese a que nunca lo conoció en persona, sí visitó en varias oportunidades la casa de este hombre de medios, pues su papá, Alejandro Chataing Roncajolo, formó parte del Movimiento de Integridad Nacional, el partido que lanzó a Ottolina para las elecciones de 1978.

“Renny era un sujeto que vivía en su estudio. Pedía que le dieran 10 minutos en su escritorio y ahí dormía y recargaba energía. Era un tipo que rompía con los esquemas y que inspiraba por su pasión de innovar, por lo crítico que era con su trabajo y por su compromiso con el país. Yo soy así”, admite.

Él, por su parte, es competitivo, y le angustia “quedarse en la nota”, repetirse a sí mismo. Se esfuerza tanto que, no ha terminado su gira con “Si me permiten”, cuando ya tiene listo el concepto de su tercer monólogo. “Yo nunca doy un día por sentado”, enfatiza.

No se detiene, y cuando tiene más actividades de las acostumbradas, lo matiza con un Red Bull. Desde su camerino en el teatro, la luz tenue le resalta las ojeras, pero el cansancio no se le siente. Se toma una hora y media de “descanso” antes de salir a escena y acompaña su bebida energizante con sus infaltables galletas Susy y tostones, su laptop y su Blackberry Slider. Aprovecha de revisar su Twitter, ponerse al día con las noticias y repasar su monólogo.

Carlos Angustia

Mientras que en el teatro siempre tiene golosinas, en su casa, más bien se las esconden y él, a su vez, se esconde de la cocina. “A veces me gustaría que me hiciera un sanduchito”, asegura su esposa, la publicista Ximena Otero. Es ella quien paga las consecuencias del exceso de trabajo y cafeína. “Impresionante la cantidad de veces que se está levantando en la noche últimamente”, comenta. “Yo creo que él está durmiendo y al mismo tiempo está trabajando, imaginando. Siempre ha sido sonámbulo; la última vez, por ejemplo, me levantó para escondernos debajo de la cama porque creía que había unos tipos en el apartamento. Siempre tiene alguien que lo está buscando o lo va a asaltar, y siempre trata de proteger a mi hija: ‘Busca a Ximenita’, dice”.

El temor le viene desde que un día, al salir en la madrugada de la 92.9 FM, luego de transmitir en vivo su primer programa de radio, Tarde o Temprano, seis hombres armados lo encañonaron desde la emisora hasta su apartamento en Los Samanes, donde vivía con su primera esposa, la española Apolonia Danés.

Por eso, cuando vio por primera vez una cuña de Seguros Constitución en la que un hombre no puede dormir por el miedo a que le roben su carro, se dijo a sí mismo: “Yo soy el propio Carlos Angustia”.

Golpe telúrico

Este “fenómeno” mediático, de hablar rápido, ideas que fluyen a borbotones, un repertorio amplio de gestos y portador de un “motor que sabe que no se puede apagar”, como él mismo lo admite, coincidencialmente nació en 1967, el año del terremoto de Caracas. Pero la personalidad de Luis Chataing no sólo tiene influencias telúricas, sino también creativas, pues proviene de una familia de arquitectos reconocidos. Su padre Alejandro Chataing Roncajolo, su abuelo Luis Eduardo Chataing y su bisabuelo Alejandro Chataing Poleo participaron en la proyección de construcciones importantes como el Liceo Andrés Bello, el Hospital Militar, el Nuevo Circo de Caracas, el Museo Histórico Militar e incluso el Arco de Carabobo.

“Y pensar que yo soy torpe, torpe con las manos y con el dibujo técnico. En el colegio El Alba, donde me gradué de bachiller, me decían ‘qué vergüenza, chico, si tus parientes estuvieran aquí’”, recuerda serio.

El mismo Chataing que fue expulsado de los colegios El Ángel y el Champagnat por mala conducta y que no terminó la carrera de Administración en la Universidad Metropolitana, es ahora un profesional ordenado y responsable, tan exigente consigo mismo como con los demás. “Cuando algo no le gusta, él sólo hace silencio, pero ese silencio te puede matar”, afirma Jorgita Rodríguez, productora de sus monólogos y con 17 años de experiencia en el teatro.

Esa disciplina le viene de su abuelo materno, el coronel y exgobernador del estado Miranda José Victoriano Zambrano, un hombre cuyas raíces castrenses no estaban en disputa con el calor de hogar. “Yo fui el primer nieto de doce –dice Chataing– así que él siempre fue muy cariñoso conmigo”.

Con los Zambrano compartiría la mayor parte de su vida, luego de la separación de sus padres cuando tenía 6 años. A esa edad no entendió lo que implicaba el divorcio, hasta que le tocó vivirlo en dos ocasiones: la primera con Danés y la segunda con la modelo venezolana Daniela Kosán. Pero le apuesta al matrimonio con Ximena: “Para mí conformar mi propio núcleo familiar siempre fue una prioridad. Por eso creo tanto en casarme, llegar a la casa, atender a mi esposa, tener mis hijos. Eso para mí es el motor de la vida”.

Va la vencida

A Ximena la conoció en marzo de 2007, cuando la joven valenciana, agobiada por el trabajo en su propia agencia de relaciones públicas, decidió tomarse un fin de semana libre en Caracas y una amiga le presentó a su primo, Luis Chataing: “Me impresionó lo agradable, súper conversador y perseverante que es. Al fin de semana siguiente me fue a visitar a Valencia y desde entonces hemos estado juntos”.

Han vencido la distancia. Tras seis meses de noviazgo, mantuvieron la relación mientras él estuvo en México un año y ella seguía viviendo en Valencia, hasta que decidieron mudarse juntos a Caracas. Ella dejó su ciudad y comenzó desde cero: a hacer nuevas amistades en la capital, a conseguirle un colegio a su hija y a trabajar por su cuenta.

“Dejé todo queriendo dejarlo. Para mí convivir con la inteligencia y el humor de Luis es demasiado divertido. Es muy atento y antes de irse a las 5:30 am me da un beso. Y cuando finalmente me despierto, ya tengo su primer mensaje. Estamos en contacto permanente”. Su voz, normalmente suave, se vuelve aún más dulce para completar la frase: “Su presencia en cada momento es una caricia que te llena la vida”.

Cuando Chataing no tiene presentaciones, él, Ximena y Ximenita cenan religiosamente en la casa a las 8:00 pm. De resto, todo depende de qué tan apretada esté su agenda. Eso sí, siempre saca un espacio para su familia, o su familia para él.

Sobre esta lucha por encontrar un balance trabajo-diversión, él sentencia: “Para mí no hay nada más triste que tener éxito en algo si no tienes con quien compartirlo”.

Sen- sa-cio-naaal

Hace chistes en sobre Daniel Sarcos, el ex de Súper Sábado Sensacional, pero más allá de eso, Chataing confiesa que algún día le gustaría conducir ese show. “Lo haría, junto a Érika (de la Vega), si me dejan meterle mano al programa”. Y va más allá: “Que yo animara el Miss Venezuela con ella, ¡sería una cosa fantástica! Volcar un espectáculo que tiene mil años repitiéndose a sí mismo y estar a la altura de los cambios, sería un riesgo interesante a correr”.
*Texto publicado en mayo de 2011 en el suplemento dominical "díaD", del diario 2001.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

El tumbao de Gisselle Reyes

Lleva más de 17 años entrenando a otras reinas como “empleada” de la Quinta Miss Venezuela y casi la misma cantidad de tiempo preparando modelos en sus academias Gisselle’s. Como desde jovencita tuvo claro que lo importante era tener actitud, a sus 44 años afirma sin titubear: “Soy una eterna miss, ¿no me ves?”

Joanny Oviedo
Fotos: Luis Toro

A Gisselle Reyes, la profesora de pasarela de las misses, nadie le dijo cómo tongonearse. El caminar sabroso y elegante al que luego le pondría su firma le salía natural desde joven, cuando muy a su sorpresa los amigos del liceo Playa Grande, en La Guaira, la escogían como reina del salón. “Había una compañera que era bellííísima, se parecía a la Mujer Maravilla, y como yo siempre tuve ojo clínico decía ‘¿por qué me escogen a mí, si ella es más bella?’. No sé si es porque yo era más habladora, más popular, aunque no te voy a negar que tenía un cuerpazo; era alta, muy alta, y coqueta como mi mamá. Bueno, mis primeros tacones me los regaló ella a los 12 años”, cuenta con actitud de diva simpática y voz ronca aterciopelada.

Su tumbao no lo agarra cualquiera, pero se enorgullece cuando algunas privilegiadas le consiguen la caída: “Vanessa (Goncalves) era una muchacha que no hablaba, que todo le daba pena, que era hasta sosa, y después verla cómo se bate, con ese tumbao y los ojos brillantes… Esa transformación me fascina”.

Desde 1994 trabaja para Osmel Sousa en la Quinta Miss Venezuela y a partir de 1995 formó su propia academia, “Gisselle’s, la universidad de la belleza”, en la que el día de la entrevista se ausenta unos minutos para cambiarse de ropa y empolvarse la nariz respingada. “Es que vengo del trabajo”, se excusa ligeramente acalorada, refiriéndose a las dos horas diarias que pasa en la escuela de Osmel, el llamado “zar de la belleza”.

En esa relación, ¿quién manda a quién? “En la academia mando yo porque soy la dueña, lógicamente, pero en el Miss Venezuela soy una empleada, y cuando escucho la voz de mi jefe, soy ‘sí, señor’, aunque él sea el padrino de mi hija y aunque lo conozca desde hace muchísimos años. Ahora, cuando viene Joaquín Riviera, los dos inmediatamente hacemos amén a lo que diga porque es el jefe mayor. Uno tiene que estar ubicado, ¿tú me entiendes?”.

Pronuncia las “eses” con esmero, como si José Rafael Briceño, instructor de oratoria de la misses, la estuviera observando por un huequito, a ella que desde 1985 no ha dejado de ser miss Vargas.

–¿Yo una eterna miss? Claro. Eso lo puedes ver tú misma: cómo me paro, cómo me veo, cómo me arreglo. Bueno, ahorita estoy tratando de aprender a pensar antes de hablar (se lleva una mano a la frente y luego a la boca), porque soy muy impulsiva. Y a los 44 años, cambiar eso es muy difícil– carcajea grueso y cortico.

Morir de hambre

Gisselle Reyes había estacionado su carro en el Hotel Sheraton. El Miss Venezuela 1985 acababa de celebrarse allí, dando ganadora a Silvia Martínez entre participantes como Ruddy Rodríguez, Nina Sicilia y Gisselle Reyes, a quien su papá estaba a punto de hacerle una confesión: “Ya te acompañé en esto que tú querías. Toma (le da las llaves), el carro es tuyo. Yo me voy a ir de la casa”, recuerda ella recitando casi de memoria las palabras que escuchó a los 18 años, cuando se enteró de que sus padres iban a separarse.

–Era lo mejor que podían hacer, peleaban mucho. Después fueron unos divorciados extraños, amigos, y mi papá hasta un mes antes de morirse estaba en la casa. Me imagino que eran… ¿civilizados? Yo por ejemplo no puedo ser amiga de mis ex (risas).

–¿Su disciplina le viene de haber tenido un padre militar?

–Él era militar por profesión, pero en carácter era un pan de Dios. Nunca me regañó ni recuerdo haberlo visto bravo. En mi casa, la que llevaba los pantalones era mi mamá, Omaira Castro, que conoció a mi papá siendo enfermera en La Guaira.

–Su mamá era la estricta.

–Bueno, se lo agradezco; yo soy una persona de carácter fuerte porque ella lo es. Quería que yo estudiara Derecho, y lo hice un año en la Santa María, pero un día lo dejé porque quería ser profesora de modelaje y me dijo “te vas a morir de hambre, en esa profesión no puedes estar trabajando muchos años”. Al final respetó mi decisión.

–¿Cómo logró su sueño?

–A los 16 años, conocí a Osmel en un concurso de belleza en el que yo estaba. Me mandó a estudiar modelaje en Herman’s y al año siguiente entré al Miss Venezuela. Ahí quedé detrás de la ambulancia y de repente me dijo “niña, no puedes engordar, vas a ser la primera en viajar”, y yo “pero si soy Vargas, yo no quedé de nada” e igualito me mandó al Miss Turismo Internacional en República Dominicana, en el que entré de primera finalista.

Amor de reina

A su regreso, la profesora del Miss Venezuela, María Calay, le vería potencial para enseñar: “Negrita, tú tienes pedagogía y un caminar muy bonito. ¿Te gustaría dar clases en Herman’s?”. Encantada, dijo que sí y se mudó a Caracas con el propio Herman’s y su entonces esposa, Raquel Gallardo, y durante 9 años terminó preparando en esa academia a varias misses (Milka Chulina, Gabriela Spanic, Inés María Calero, entre otras) que querían mejorar su desenvoltura en la Quinta. Hasta que Osmel dio con ella otra vez. 

Un día le impactó la destreza en pasarela de Elidex Riera, averiguó que Gisselle le daba clases y decidió incluirla en su staff: “Necesito que te prepares porque vas a ser la profesora del Miss Venezuela el año que viene”, le precisó a Reyes. Comenzó asignándole a Minorka Mercado, que iba al Miss Universo, y luego la impulsó a abrir su propia escuela: “Para eso no hace falta mucho, con unas sillas y unos espejos está listo. ¿Hasta cuándo vas a trabajar para los demás?”.

Hoy en día, ella asegura que “el amor de vida son mi trabajo y mi hija”, porque “los hombres van y vienen”, pero aún así se enamora como quinceañera cada vez que puede. “Yo soy escorpión, súper apasionada; eso sí, no me aferro a ningún noviazgo ni matrimonio. Yo calculo mi vida y siempre he querido estar donde estoy. Me explico: siempre dije que me iba a casar después de los 30 y que iba a tener un bebé. Me casé a los 32, claro, no sabía que iba a durar un año de casada nada más, y después tuve a mi hija Sofía a los 36”.

Fama

“Vaca” y “tú jamás serás bonita” son algunos de los calificativos que denunciaron, en TV Chismes en 2008, presuntos familiares de niñas que habrían estudiado en la academia Gisselle’s. Ella, por su parte, asegura que no son más que inventos.

–Eso salió porque el papá de mi hija, que es el único enemigo que tengo, lamentablemente, mandaba a publicar esas cosas y decía que yo dizque me metía con las niñitas y me iban a demandar. Todo eso es falso, tú estás viendo cómo soy. Ahora, con las misses sí soy bastante exigente, pero también soy amiga de ellas, de Mariángel Ruiz, de Vanessa. Muchas terminan echándome los cuentos de su vida.

–¿De alguna manera se convierte en psicóloga de las misses?

–¿Sabes qué pasa?, que yo tengo complejo de psicóloga, porque eso es lo que yo quería estudiar en la Católica y no quedé. Yo analizo a cada una de mis alumnas para explicarles cómo yo las veo y cómo me gustaría que las vieran.

Actualmente, ella sola no se da abasto para atender sus academias, que fueron creciendo hasta abarcar no sólo Caracas, sino también Maturín, Punto Fijo y Maracaibo. Su rutina de ir al gimnasio, recibir masajes, almorzar si tiene tiempo, dar clases con Osmel y al final de la tarde supervisar en Gisselle’s antes de irse a su casa a preparar las vianditas de dieta del día siguiente, le impiden dar la atención personalizada de antes.

Por eso, al menos en Distrito Capital, le delegó el swing a su sobrina Andrea Reyes, la profesora de modelaje de Gisselle’s desde hace ya cuatro años. “Me gustaría que siguiera trabajando conmigo, porque tiene mi tumbao igualito y yo no me voy a quedar dando clases toda la vida, aunque, ojo, el retiro será cuando tenga como 60 años”, advierte, y se arriesga a ofrecer una imagen panorámica de su futuro: “Yo llevo 5 años viviendo en Margarita con mi hija, así que me veo allí feliz, relajada en la playa. A menos que me enamore y cambie la historia, por supuesto”, se carcajea pícara.

                                               ***
El contrapeso

“Ay, qué bonita eres. ¿No te gustaría participar en el Miss Venezuela?”, fue lo primero que le dijo Gisselle Reyes hace más de 20 años a su futura cuñada, Francia Rovaina, cuando su hermano Omar se la presentó. Veintiséis años después, son amigas y compañeras de trabajo en la academia Gisselle’s. ¿Cómo hacen para no mezclar los roles? “De 8:30 am a 6:00 pm, ella me corrige y compartimos ideas, pero en lo que yo piso esa puerta de salida, nos abrazamos y nos besamos otra vez. Yo soy el equilibrio, porque ella tiene un carácter muy fuerte”, afirma Rovaina.

Libro de dieta

A Giselle, que en los últimos dos años ha engordado unos kilitos, le encanta ir a buenos restaurantes. “Lo que no me gustan son los dulces, aunque una vez me ligaron con Bob Abreu”, dice entrecortada por sus propias carcajadas, antes de explicar que está retomando su dieta con el entrenador Richard Linares para escribir a un libro de cómo adelgazar después de los 40 años. ¿Engordó sólo para eso? “Nooo, sino que él me dijo ‘si te vas a engordar, ponte 20 kilos para que se vea la diferencia cuando rebajes”.

Ser o no ser miss

Para usted, ¿qué es ser mujer?

–Ser delicada, dulce y tener los sentimientos centrados, porque cuando tienes eso, puedes ser la mejor amante, amiga y madre. 

¿Algo que no puede soportar en una mujer?

–Que coma chicle y las mujeres que se pintan las uñas con escharcha, pero qué te puedo decir, está de moda.

¿La mujer venezolana de “a pie” es distinta a la del Miss Venezuela?

–En la parte física, sí, porque la miss es flaca y la mujer venezolana tiene más curvas. En cuanto a la coquetería y el caminar, no, porque a todas les gusta ponerse perfume, una pinturita de labios y peinarse bonito.

* Entrevista publicada en el suplemento dominical "díaD", del diario 2001, en septiembre de 2011.  

domingo, 18 de septiembre de 2011

Villalón hace camino al pintar

Las carencias en su infancia le impidieron dedicarse a los lienzos temprano, pero su perseverancia y su pasión por los paisajes eventualmente le abrieron las puertas hasta convertirse en el famoso “pintor de las brumas”. Es barquisimetano y rinde tributo a su tierra


Joanny Oviedo
Fotos: Armando Llamozas/ El Informador

 L a carretera hacia Quíbor está despejada y Jesús Armando Villalón, con 28 años entonces, maneja enfocado en su meta: a él, que es uno de los mejores vendedores de autos y maquinaria de su empresa, lo esperan sus clientes al final de la vía. Va tranquilo, pero el paisaje lo distrae. Los verdes intensos, las luces, los barrancos se cuelan en el parabrisas. Se orilla a contemplarlos mejor. “¿Cómo es posible que yo vaya a dejar esto tan bello?”, piensa. Ni modo. Se monta de nuevo en el carro y sigue su camino. La próxima vez no habrá paisaje que se le escape: su caballete y unos cuantos pinceles estarán esperando ansiosos en la maleta. Finalmente, la pintura había vuelto a su vida.

Desde niño, tuvo la intuición de que era un artista, porque en la escuela Simón Rodríguez lo llamaban siempre a echar una mano en la cartelera, y en la hora del recreo, mientras el resto de los niños corría despreocupado por el patio, él se quedaba absorto mirando al profesor Castejón restaurando un mural de José Requena. Sin embargo, no fue sino hasta casi los 30 años que, de tanto insistir, logró dedicarse al arte.

Hoy en día tiene 66 y es conocido dentro y fuera del país como “Villalón, el pintor de las brumas”, un barquisimetano que le hace honor a su tierra plasmando el icónico Valle del Turbio cubierto por un velo de niebla mañanera o por intensos atardeceres crepusculares, y que también ha pintado a la Divina Pastora –de la que es devoto–, al Metro de Caracas “embrumado” y a El Ávila. Él ha materializado sus sueños en colores vivos y pasteles.



¿Dónde encuentra inspiración?
Yo tengo la musa todo el tiempo porque sueño mucho, y parece mentira, mis sueños son relacionados con la pintura. Entonces, son las 7:30 am y ya estoy llamando al joven que me ayuda, a ver por qué no ha llegado para irnos al taller; es que es tanto el deseo de llegar a pintar (se mueve inquieto, como niño que no logra quedarse en un solo sitio)... A veces no me sale, el sueño me metió un embuste, pero por lo menos me obligó a no quedarme haciendo siempre lo mismo.

¿Pinta paisajes que no existen?
Casi todos son creados. Por ejemplo, la silueta de El Ávila muchas veces la varío, la invento yo. El que trabaja un paisaje lo que tiene es que sentir la atmósfera: cuando metes el sol, el amarillo y el rojo, tienes que sentir el calor, y cuando metes el azul, sientes el frío. Yo al dar la primera pincelada no sé pa’ dónde voy, me tropiezo, me llevo una rama por aquí, me consigo una piedra en el camino, un charco, y cuando acuerdo, llego. Abro y veo una panorámica abierta, la profundidad, un punto que me llama la atención en el cuadro…

El Picasso Villalón

Mamá, yo quiero estudiar en una escuela de Artes Plásticas –le comentó al salir de sexto grado.
¡Qué riñones tienes tú! Te vas a morir de hambre, vas a andar con un morral, todo jediondo y sucio por la calle, que eso es lo que son los artistas.

Él, el hijo menor y único varón de cinco hermanos, no podía darse el lujo de andar nadando en lo etéreo. “Mi mamá, que no sabía leer ni escribir, nos crió sola, y muchas veces lloraba porque no tenía qué darnos al día siguiente. Yo soy ‘hijo natural’, no tengo segundo apellido, y mi papá murió cuando yo tenía apenas cuatro años y nunca lo conocí, pero tuve la suerte de que mi viejita me duró 98”, recuerda.
Para ayudarla, salía a las 5 am de su casa a repartir las empanadas y arepas con las que ella logró criarlos, y ya a las 7 am se iba apurado al colegio. Aún así, siempre encontraba un espacio para dedicarse a lo suyo. “Yo vivía en todo el centro de Barquisimeto, en la calle 28 con carreras 24 y 25, y en las tardes me iba hacia el sur buscando el Valle del Turbio. Y me sentaba horas a contemplarlo”.

Ya graduado de bachiller, logró repartirse entre trabajar como vendedor, estudiar electricidad en la Escuela Técnica Industrial (carrera que, como no le gustaba, no terminó y sustituyó con un curso de comercio) y asistir de oyente en la escuela de Artes Plásticas, donde conoció al propio Requena. Después de allí, las horas eran de conquista.

A las 7 pm, iba a visitar a Isabel –su esposa desde hace 42 años– para enamorarla. Me llevaba acuarela y unas tablitas redonditas y me ponía a pintarlas para que su familia me viera: “Mira qué bonito, un arbolito, una matica”,  llamaban a la señora de al lado y tal. Se me pasaba el tiempo sin darme cuenta de que a las 10 pm ya no había más taxis y me iba a tener que ir a pie. Era una emoción muy grande, me sentía un Picasso con toda esa gente aquí al lado cuenta bonachón.

Sacando el lienzo

Eventualmente, el hobby de llevarse los caballetes en el carro y pintar por su cuenta al regresar de sus viajes de negocios se hizo insuficiente. Volví a’ que’ Requena, que me recomendó que fuera a’ que’ Ramón Díaz Lugo, fundador de la escuela del paisaje larense, y le dije “maestro, yo quiero pintar con usted, pero no puedo cumplir un horario, yo trabajo”, y él me dijo “agárrate los días que tengas, me los traes y yo te los corrijo”.

¿Y mantuvo las dos cosas, su trabajo y la pintura?
Bueno, mi esposa viendo que yo estaba enamorado de la pintura y no me atrevía a confesarle “quiero dedicarme a esto”, me dijo “¿por qué no te agarras un año sabático y con la liquidación más lo que yo gano (como gerente de una empresa) estiramos los realitos?”. Así hicimos y después fui yo el que le dijo “retírate, porque me está yendo muy bien”.

En 1981, decidió visitar los museos de Europa por consejo del maestro Ramón Díaz Lugo, y en el recorrido se encontró con otros artistas larenses que estudiaban y tenían sus talleres allá. Se animó él también, y al regresar a Venezuela, se empeñó en estudiar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Aplicó para una beca, y al no quedar seleccionado, buscó nuevas opciones.

Pensé “no puedo perder este boche”. Vendí los dos carros que tenía, algunas obras de arte que había adquirido con mucho sacrificio y alquilamos la casa –el lugar donde ocurre la entrevista y donde, al mismo tiempo, funciona su galería en la urbanización “Nueva Segovia”, nombre original de la capital larense.

Su esposa lo apoyó. Se llevaron a sus dos hijos, Jesús y Jeysa, que estaban en kinder y primaria, y durante dos años vivieron de ese colchoncito de dinero y de las ventas de sus obras que desde Barquisimeto le hacía su tío Donatto.

Esa experiencia fue importantísima. Estar frente a una obra de Goya, de Velázquez, de Joaquín Sorolla, que me marcó pa’ toda la vida con aquellas luces, y de Joaquín Mir… ¡valió la pena! Los fines de semana nos íbamos a los museos y yo me quedaba una hora estudiando un cuadro, los contrastes, haciendo notas, y al salir estaba loco por llegar a la casa a practicar lo que había visto.

Homenaje

De regreso a Venezuela, se prometió rendirle homenaje a su ciudad, “y qué más bonito que pintar nuestro valle como yo lo siento”. Dejó su taller en el centro de Barquisimeto –ubicado en la misma casa donde se crió de pequeño– y se fue a vivir con su familia al cerro Terepaima, desde donde tenía “una vista de 180 grados por la que veía cómo el Valle del Turbio iba cambiando de colores como un camaleón”. En esa cabaña estaría feliz por 9 años, hasta que en 2010, un atraco los hizo regresar a Nueva Segovia.

Luego de tanto andar, Villalón, casi un autodidacta de la pintura que el año pasado recibió, junto a Esteban Castillo, el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Lisandro Alvarado, sentencia contento: “Ser pintor es cuestión de proponérselo. La mía es una historia traumática, pero bonita si se quiere… Si yo naciera de nuevo, agarraría la misma profesión y me prepararía mejor, porque no hay cosa más divina en la vida que hacer lo que a uno le gusta”.



Pincel encendido
¿Algún ritual para pintar?
–Trabajar solo y escuchar música; incluso tocar el cuatro, que lo hago maluco, pero me lo disfruto. Cuando estoy en silencio, pongo un bolerito y me transporto. Se me pasan las horas pintando en mi taller y muchas veces son las 3:00 pm y me llama mi esposa “¿no vas a venir a almorzar?”. Ahí es cuando despierto “cónchale, ¿adónde iba yo?”, pero yo iba era encendido metido por ese camino en que uno no sabe a dónde iba a llegar, pero que cuando lo logra, sale el cuadro. En cambio, hay otros que no los logro en una sola sesión o con los que no quedo muy contento.
¿Y se venden?
–Bueno, a veces pienso que hice un trabajo raro y lo pongo aquí en la galería y es el primero que se vende (risas).



* Texto publicado en el suplemento dominical díaD del diario 2001, el 18 de septiembre de 2011.